Es verdad que aquí vengo a escribir en momentos cruciales de mi vida, con la esperanza de que la única lectora sea mi yo del futuro. No confío en las libretas, porque cada vez que las lleno o me mudo, cambian; en cambio, sé que aquí permanecerán.
Es increíble ver que mi yo actual no se parece en nada a la de hace dos años, y mucho menos a la del 2020. Sin embargo, también puedo ver que hay cosas que siguen intactas… y creo que mi esencia es una de ellas.
Tengo tanto que contarle a las Fabis del pasado. Para empezar, vivimos en la Ciudad de México desde hace dos años; en junio de este año, cumpliremos tres. Vives con Francelia, tu mejor amiga. Es curioso, porque antes la odiabas (tontamente) por ser ex de tu ex, y hoy la amas como a una hermana. Han pasado tantísimas cosas juntas: desde ser las más místicas y esotéricas hasta las más católicas.
Después de muchos años estudiando numerología, te animaste a abrir tu cuenta en TikTok y a subir esos videos a Instagram. Te empezaba a ir bien: en cuatro meses alcanzaste 25 mil seguidores, y seguían en aumento. Al mismo tiempo, cumpliste el sueño de trabajar con una chef a la que admirabas mucho. Pero de pronto, todo cambió—aunque suene a cliché. Tras una fuerte oración al Espíritu Santo, escuchaste claramente una voz que te decía que eso que hacías estaba mal… y lo dejaste todo.
Ya no quiero hablar en tercera persona, porque en realidad no le estoy hablando a las Fabis del pasado; ellas lo saben perfecto, porque viven conmigo. Vengo más bien a dejar constancia aquí de lo que siento y pienso en este preciso momento. Me hizo sentir mucho leer los viejos textos aquí… incluso me animé a publicar dos borradores, y se publicaron con la fecha en que los escribí. Por eso, si alguien entra, no notará la diferencia. Pero los publiqué porque justo me sentía como me siento hoy, y fue como… ¿cómo es que estoy volviendo a pasar por lo mismo? Porque cuando creía que por fin empezaba a encontrar mi lugar otra vez… ¿me tengo que ir? ¿Por qué nunca estoy conforme con nada? ¿Por qué nada parece saciarme?
Hoy cumplo 10 meses con un hombre bueno, bueno de verdad. Un hombre con un corazón hermoso, que me ha conquistado poco a poco, que cuida de mí, que me valora y que me demuestra cada día cuánto le importo y cuánto me ama. Lo más bonito de nuestra historia es que primero fuimos amigos, amigos de verdad, sin ninguna intención oculta. Él dice que tampoco de su parte, y yo le creo. Y de pronto, un día, el amor nació en mí… y afortunadamente, en él había nacido un poco antes.
Me conquistó con su forma de ser, pidió permiso a mi mamá para seguir tratándome y conociéndome, y al poco tiempo organizó una cena hermosísima en una hacienda para pedirme que fuera su novia. De verdad, creí que esas cosas nunca me iban a pasar.
Juntos servimos en la iglesia, vamos de misiones, hemos tenido pláticas profundas… Ha conocido cosas muy duras de mí, y aun así, sigue enamorado. Y ¿saben qué es lo mejor? Que decidimos vivir la castidad y esperar hasta el matrimonio. Y de verdad lo estamos viviendo: no fajamos, no nos damos besos de lengua, y creo que nunca en mi vida había experimentado algo tan puro y tan bello. Donde ninguno usa al otro, donde nos amamos de verdad.
Quisiera que todos, alguna vez en la vida, se dieran la oportunidad de vivir la castidad, porque no se trata de prohibiciones, sino de ordenar el amor. De amarnos como Dios quiere que nos amemos. Eso no significa que Dios no quiera que tengamos relaciones; al contrario, Él creó el placer. Pero hoy, por fin, entiendo que hay un orden, y que en ese orden, todo es más bueno, más bello y más verdadero.
Pero bueno, la razón por la que estoy aquí es justamente porque creo que no puedo casarme con él. A pesar de todo lo bueno que es, creo que no quiero la vida “normal” que me ofrece. Y por eso vengo a preguntarme aquí: ¿y si nunca estoy satisfecha? ¿Y si jamás encuentro en esta tierra un lugar donde quiera quedarme “para siempre” o, más bien, mientras viva?
Ahora mismo estoy pensando que, después de Semana Santa, una vez que terminen las brigadas que colaboro en organizar en la asociación en la que trabajo, quiero irme a un convento o monasterio durante un mes, estar en completo silencio y oración para discernir mi vocación.
Porque hay una voz dentro de mí que dice que quizá no fui hecha para ser esposa y madre de mis propios hijos, sino para tener algo así como hijos espirituales. Hoy, mientras hablaba con el padre Beto, uno de mis mejores amigos (al igual que el padre Álvaro), le dije algo que nunca me había atrevido a poner en palabras:
“Creo que Dios me permitió enamorarme de Juan Carlos para sanar mi corazón, porque antes, a lo mejor, quería irme de monja por las razones equivocadas, por huir del amor. Pero ahora que he experimentado un amor bonito, puedo saber con certeza que, de todas formas, sigo inclinándome más a Él (Dios).”
Y cuando lo dije, comencé a llorar. Creo que, muy en el fondo, sé que estoy hecha para la vida religiosa. No sé si como monja o como consagrada, pero no creo estar hecha para el matrimonio. Me resistía a aceptarlo porque pensaba que quizá veía el matrimonio de forma negativa por las parejas que tuve a mi alrededor y por el miedo a un futuro similar. Pero hoy, teniendo a un gran hombre a mi lado, mostrándome un futuro hermoso y con mi corazón en paz, darme cuenta de que sigo inquieta me hace ver que no era solo por eso que no me inclinaba al matrimonio… sino porque a lo mejor Dios me pensó para otra cosa.
Aún no descubro qué. Y no sé cómo le diré esto a Juan Carlos ni al padre Álvaro, que es mi jefe, amigo y, en teoría, mi director espiritual. No sé cómo pedirle permiso para irme un mes. Siempre está con mucha gente y con mil ocupaciones, y aunque sé que me quiere y que hace espacio para mí como puede, yo necesito mucho tiempo para decirle todo esto que guardo en mi ser.
Tengo muy pocas deudas, la verdad, pero ahora mismo no sé cómo haría para irme ese mes. Porque, al final, aun si decido renunciar a todo, tengo que volver para regalar mis cosas, cancelar mis tarjetas, hablar con mis papás y también con Fran.
No sé si lograré llegar a mayo guardando todo esto.
Dios mío, por favor, te pido que seas mi guía, mi sostén y mi fuerza. Y si lo que pienso y siento es un error, corrígeme y ayúdame a que esto no se me dé. Yo sería una mujer muy feliz si todo esto resultara ser un error, si me casara con Juan Carlos y tuviéramos nuestras tres niñas, como ya hemos hablado.
Pero que se haga tu voluntad y no la mía.
No tengas miedo, recuerda que venir a ser lo que el te creo es lo único que sacara tu corazón, confía en quién más te ama mi niña.
Fabi del futuro, si te vuelves monja o misionera, por favor, regresa aquí y escribe.